viernes, 27 de febrero de 2015



Ilusos, necios e idiotas. Sí, todos y cada uno de nosotros. Nosotros y nuestra innata manía de intentar cambiarlo todo y a todos. Esto es el mundo real, amigos míos, aquí nada es de color de rosa sino que nos encontramos una gran gama cromática que por lo general viene encabezada de negros y grises.

El debate por excelencia. Hombres y mujeres, mujeres y hombres. La pregunta que un servidor se hace es: ¿Por qué? Las mujeres son mujeres y siempre serán mujeres. Los hombres son hombres y siempre serán hombres. Vale, no he descubierto América. No pretendo patentar la idea, es más, quizás tenga incluso que pagar derechos de autor.

Únicamente pretendo hacer un llamamiento para que paremos. Chicas, parad de intentar buscar a alguien que sea ideal o perfecto, esto no es una película de comedia romántica, no existen los príncipes azules. Vosotros, chicos, parad de intentar comprendernos. No es posible.

Y ahí está la magia, la guinda del pastel, el quid de la cuestión, la solución de la ecuación. Es entonces cuando entra en juego una vez más la tan incontestable pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué vamos a acabar con algo tan maravilloso? ¿Por qué nos empeñamos, mujeres y hombres, en cambiar algo que es tan necesario como tener un vaso de agua en la mesilla de noche?

Obsesión. Una terrible obsesión es la que poseemos hoy en día. Una época en la que se intenta agradar, mostrar lo que no somos y cosas por el estilo. Sinceramente, dudo que nadie se sienta orgulloso de haber hecho alguna vez algo así. ¿Por qué? ¿Por qué vamos a cambiar? ¿Por qué pretendemos cambiar a alguien solo por no ser completamente afín a nosotros mismos?

Dejadme que conteste a todo lo anterior de manera sencilla: es porque por mucho que digamos que nos gusta la espontaneidad en otra persona, odiamos no tener el control sobre la situación, sobre sus comentarios, sobre cómo nos gustaría que fuera en realidad.

Puedes reír a carcajadas o llorar a mares por esa otra persona. Pueden disfrutar de ella, aunque sea durante cinco minutos en un fugaz saludo. Pueden volverse locos al no poder apartarlo de su cabeza durante días. Pero nunca permitan cambiar o que les cambien, porque entonces habrán perdido lo más importante, se habrán perdido a sí mismos. No dejen que el amor les haga eso y si alguna vez lo intenta, ábranle la puerta y péguenle una patada en el trasero, aunque les duela más a ustedes darla que a él recibirla. 



"El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es" (Jorge Bucay)

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